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lunes, 25 de mayo de 2020

Emily Dickinson, la poeta del confinamiento.

 
Emily Dickinson (1830-1886) eligió pasar los últimos veinte años de su vida encerrada en el hogar de sus padres, en Amherst (Nueva Inglaterra) como acto de libertad, aunque eso pueda resultar paradójico. Allí abría sus alas y volaba -de hecho no son pocos los poemas que hacen referencia a los pájaros-. 
Lo que había fuera de las ventanas no le interesaba en absoluto, pues el mundo le cabía dentro de sí misma.

 «Ella escogió la soledad. No tenía un interlocutor válido, y por eso decide aislarse y escribir, y presentar al mundo su visión a través de la poesía» afirma la filóloga Margarita Ardanaz, experta en la obra de Dickinson, que ha editado y traducido sus poemas: «Poemas» (Cátedra)

Sus primeros poemas son de 1850, y aunque en sus cuadernos escribió acerca de dos mil, solo acabó publicando seis en periódicos de tirada local, muchos de ellos sin firmar y otros fueron publicados sin su consentimiento por su cuñada o sus amigos del ámbito literario. Dickinson quiso vivir en el anonimato mientras dedicó toda su vida a escribir.

Había estudiado botánica, astronomía e historia natural en Mount Holyoke Female Seminary, saberes que plasma en sus versos, y tenía un cuaderno de campo donde estudiaba las flores que tenía en su jardín. 

Rompió los esquemas de la época por dos motivos: por un lado, sus versos rompían con los esquemas poéticos de la época debido a sus versos cortos, escritos en un lenguaje coloquial y con el uso de guiones  y por otro lado, porque en su época estaba mal visto que una mujer pasara tanto tiempo estudiando,  leyendo y escribiendo, pero a ella nunca le importó.

De sus amores, no sabemos casi nada. Se enamoró de la sabiduría de Benjamin Franklin Newton cuando éste estaba apunto de morir por tuberculosis. Él fue su mentor, a quien admiraba profundamente. Más tarde, se enamoró del pianista Charles Dasdworth, pero éste también murió al poco tiempo. 

Emily entró en una gran depresión y encontró refugio en la escritura y en el encierro voluntario. Hablaba a través de la puerta de su cuarto y las pocas veces que salía era para salir al jardín para disfrutar de sus flores y de los atardeceres, únicamente vestida de blanco. Cantaba a la naturaleza y a la poesía y fue una gran incomprendida, extraña a ojos de todos.

Murió de nefritis, una enfermedad de los riñones, el 15 de mayo de 1886. Conocemos su extensa obra gracias a su hermana menor, quien, una vez fallecida Dickinson, descubrió sus poemas registrando su habitación. Al ver la gran calidad que contenían decidió publicarlos. Tras de sí dejaría poemas tan bellos como éste:

«Si yo puedo evitar que un corazón se pare, / no habré vivido en vano. / Si yo puedo aliviarle a una vida el dolor / o calmar una pena; // si ayudo a un desmayado petirrojo / y lo llevo de nuevo hasta su nido, / no habré vivido en vano».

lunes, 10 de febrero de 2020

Escritoras Audaces (I): Christine De Pizan, la primera mujer que se ganó la vida escribiendo.


Christine de Pizan (1364- 1430) es la primera mujer que conocemos que pudo ganarse la vida escribiendo. 

Fue su padre, -médico, astrólogo y asesor de Carlos V-,  quien le inculcó la sed por el conocimiento y se ocupó de su formación a pesar de que la madre no estaba de acuerdo con ello pues por aquel entonces era un ámbito que estaba relegado únicamente a los hombres y ella pretendía que tuviera una vida acorde con las mujeres de la época, es decir, que se casara, tuviera hijos y se ocupara de la tareas del hogar. Por suerte, su padre ganó la batalla y le abrió las puertas de la gran biblioteca real de Carlos V, donde aprendería varias lenguas, entre ellas el latín, lo que le permitiría tener acceso a los grandes conocimientos sobre teología, filosofía y ciencias, y donde llegarían a formarse sus grandes dotes de escritora, filósofa y poeta. 

Se casó con quince años y lo hizo con Etienne Castel, notario y secretario del rey, del que estaba profundamente enamorada y con el que tuvo tres hijos. Etienne también la alentó a seguir aprendiendo y escribiendo, y así lo hizo hasta que a los veinticinco años su vida se truncó de forma repentina, perdiendo a su padre, a su marido y a  uno de los hijos, con graves problemas económicos y quedando a su cargo sus otros dos hijos, su madre y una sobrina.


Para una mujer de su época había entonces dos salidas: volverse a casar por mera conveniencia o recluirse en un convento, pero Christine eligió un tercer camino: dedicarse a escribir de forma profesional.

Lo primero que escribió fue por encargo de la corte: una elegía de Carlos V que le supuso una gran recompensa económica que le permitiría poder seguir escribiendo y mantener a su familia.

Sus primeros poemas describen el dolor por la pérdida de su marido, y pronto ampliará su temática introduciendo aspectos filosóficos y políticos convirtiéndose en una defensora acérrima de los derechos de la mujer.

Un buen ejemplo de ello es la réplica que escribe contra el Román de la Rose de Jean de Meung,  Querella del Roman de la Rose donde Christine defiende la imagen negativa que se tenía de la mujer, o  La Ciudad de las damas (1405) donde critica el sistema misógino y reivindica el papel de las mujeres como ciudadanas, status que entonces era exclusivo de los hombres pues las mujeres tenían vedada la esfera pública. 


Christine se convirtió en la primera feminista de las letras francesas y creó un movimiento en defensa de la mujer: Querelle des Femmes, donde participaron pensadoras e intelectuales con la intención de conseguir la igualdad entre hombres y mujeres.

Debido a la guerra civil entre borgoñeses y armañacs, Christine abandona París en 1412 para recluirse, junto a su hija, en el convento de Poissy, donde escribe sus últimas obras, entre ellas: Canción en honor de Juana de Arco (1429), donde morirá a los 66 años.

Se le reconoce como la primera mujer que se dedica profesionalmente a escribir y es considerada como la precursora del movimiento feminista. Sorprende ver como sus textos siguen tan vigentes hoy día.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Escritoras audaces

Haciendo un repaso el otro día de artículos míos antiguos reparé en que había hablado de una infinidad de libros escritos por hombres, y de una infinidad de escritores, pero que apenas había hablado de ellas, de aquellas escritoras que se atrevieron a romper con los cánones establecidos, desafiando las leyes morales de la época y publicando con seudónimos de nombres masculinos para que sus obras pudieran ver la luz. Buen ejemplo de ello son las hermanas Brontë, Mary Ann Evans, George Sands, Caterina Albert, o Luisa May Alcott.

“Para la mayor parte de la Historia, Anónimo era una mujer”- dijo Virginia Woolf, reflexionando acerca del papel en la mujer en la literatura. Y es que las mujeres, siempre relegadas a un segundo plano, han tenido que luchar históricamente por hacerse un hueco tanto en la vida política, laboral y social. 

Emilia Pardo Bazán no pudo acceder a la universidad porque por aquel entonces todavía estaba prohibido el acceso de las mujeres a la universidad.  Aun así, fue nombrada catedrática por la Universidad Central de Madrid en 1916 y entonces tuvo que sufrir el boicot del resto de profesores del claustro y de los propios alumnos, que se negaban a asistir a una clase impartida por una mujer. En la RAE también le cerraron las puertas, igual que a Gertrudis Gómez de Avellaneda años atrás, sucesora de su maestro Juan Nicasio Gallego que la había nominado para el puesto (su silla Q mayúscula) cuando estaba en su lecho de muerte y que fue rechazada por la Academia alegando que una mujer no podía ostentar un cargo público. 

El camino de la mujer ha sido siempre un camino difícil y pedregoso en todos los ámbitos de la vida, y quizá de ahí nazca nuestra inmensa fortaleza y la necesidad de ser comprendidas y escuchadas en el largo camino hacia la igualdad.


Me gustaría escribir sobre la vida de todas aquellas mujeres a las que aún no he podido darles vida y voz en este blog, y abriré un apartado que llevará este mismo título y quién sabe, quizá algún día pueda salir de aquí un libro, para que no nos olvidemos nunca de su eterna valentía.

El abrazo de Montjuïc