Haciendo un repaso el otro día de artículos míos antiguos reparé en que había hablado de una infinidad de libros escritos por hombres, y de una infinidad de escritores, pero que apenas había hablado de ellas, de aquellas escritoras que se atrevieron a romper con los cánones establecidos, desafiando las leyes morales de la época y publicando con seudónimos de nombres masculinos para que sus obras pudieran ver la luz. Buen ejemplo de ello son las hermanas Brontë, Mary Ann Evans, George Sands, Caterina Albert, o Luisa May Alcott.
“Para la mayor parte de la Historia, Anónimo era una mujer”- dijo Virginia Woolf, reflexionando acerca del papel en la mujer en la literatura. Y es que las mujeres, siempre relegadas a un segundo plano, han tenido que luchar históricamente por hacerse un hueco tanto en la vida política, laboral y social.
Emilia Pardo Bazán no pudo acceder a la universidad porque por aquel entonces todavía estaba prohibido el acceso de las mujeres a la universidad. Aun así, fue nombrada catedrática por la Universidad Central de Madrid en 1916 y entonces tuvo que sufrir el boicot del resto de profesores del claustro y de los propios alumnos, que se negaban a asistir a una clase impartida por una mujer. En la RAE también le cerraron las puertas, igual que a Gertrudis Gómez de Avellaneda años atrás, sucesora de su maestro Juan Nicasio Gallego que la había nominado para el puesto (su silla Q mayúscula) cuando estaba en su lecho de muerte y que fue rechazada por la Academia alegando que una mujer no podía ostentar un cargo público.
El camino de la mujer ha sido siempre un camino difícil y pedregoso en todos los ámbitos de la vida, y quizá de ahí nazca nuestra inmensa fortaleza y la necesidad de ser comprendidas y escuchadas en el largo camino hacia la igualdad.
Me gustaría escribir sobre la vida de todas aquellas mujeres a las que aún no he podido darles vida y voz en este blog, y abriré un apartado que llevará este mismo título y quién sabe, quizá algún día pueda salir de aquí un libro, para que no nos olvidemos nunca de su eterna valentía.
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